El edadismo existe. Negarlo implica una cierta ingenuidad. Aceptarlo como una ley natural inamovible es aún peor. Y aunque el fenómeno es global, hay países donde actúa con mayor crudeza cultural. España es uno de ellos.
Aquí convivimos con una paradoja social difícil de explicar: los jóvenes buscan espacio sin encontrarlo, la esperanza de vida es de las más altas del mundo y, sin embargo, una persona de 45, 50 o 55 años, justo en la mitad de su vida, y con décadas de oficio acumulada, empieza a ser tratada como excedente. Una sociedad que descarta a quien más sabe se condena a sí misma a la mediocridad.
Y no nos equivoquemos: de este mal no nos libramos ninguno. Pero que sea real no lo convierte en inevitable. La lucidez consiste en reconocer la realidad; la libertad interior consiste en no obedecerlo.
Tengo cincuenta años. Soy mujer, brasileña, latinoamericana, con herencia negra por parte de mi bisabuela, hija de esclavos y, para desconcierto de muchos, rubia y alta. Una combinación que, en distintos momentos de mi vida, ha activado prejuicios de todo tipo: de género, de origen, de clase, de estética. Los he visto operar muchas veces. Nunca los he usado como centro de mi narrativa vital. Nunca.
Crecí en una familia profundamente patriarcal, donde se esperaba que mi destino fuese dócil y doméstico. Mi madre quería que fuese maestra “porque era la profesión adecuada para una mujer”. Sin embargo, estudié Derecho y Administración de Empresas. Me adentré en sus ramas más duras: fiscal, tributario, corporativo. Entré en las mesas donde entendí que debía estar, incluso cuando era la única mujer.
Al llegar a España descubrí, para mi sorpresa, un nuevo estigma: el de que ser latinoamericana era un problema; era subestimada o reducida a estereotipos. Tampoco les hice caso. A las absurdeces no hay que hacerles caso, y la falta de mundo de algunos no puede convertirse en la falta de mundo de una misma.
En tecnología, mi sector desde hace veinticinco años, también escuché que no era un lugar para mujeres. Que era un entorno masculino, solo para chicos brillantes. Escuché la historia para comprenderla y luego la desobedecí. No solo entré: me convertí en líder, empresaria, y llevo años formando a miles de profesionales —mujeres y hombres, de cualquier edad— para que prosperen en este ecosistema fascinante, con movilidad social real y oportunidades que cambian vidas.
Hoy, con cincuenta años, sé que sería considerada “senior” a nivel de mercado laboral. No por mis conocimientos, sino por mi fecha de nacimiento. Y sé que, si mañana enviara un currículum a ciertos procesos de selección, no pasaría el primer filtro por “exceso” de años. Es tan absurdo como suena, pero no me someto a ello. Nunca lo hice.
Llegué a este país sin contactos, sin red, sin apellido conocido. Lo que tengo lo construí porque no concedí a los prejuicios el poder de decirme quién era. Nunca concedo a nadie una responsabilidad tan grande. Bastante tengo ya con responderme a mí misma quién soy.
Y este, precisamente, es el mensaje que quiero transmitir a las personas de 45, 50, 55 o más que hoy sienten el impacto del edadismo: No les hagáis caso.
El edadismo es un problema del sistema, no un defecto personal. Solo se convierte en tu verdad cuando tú lo crees. Recordad quiénes sois. Toda vuestra trayectoria. Todas las crisis que habéis atravesado, las responsabilidades que habéis sostenido, los oficios aprendidos, los equipos liderados, los errores cometidos y las victorias silenciosas que solo la vida larga permite.
Lo único que no puedes permitirte es desaparecer en la narrativa de otros. Recuerda: nunca otorgues a otro el poder de decidir si vales o no. Solo tú tienes ese derecho. Solo tú tienes ese poder. Y, en realidad, solo tu opinión profunda sobre ti mismo es capaz de hacerte sentir valioso o no.
Porque quizá ellos no crean en ti. Da igual. Cree en ti. Y déjales, con tus hechos y tu seguridad, sin argumentos.
Adriana Gonçalves Botelho, CEO de Keep Coding. Adriana se destaca como una líder innovadora en el mundo de la tecnología y la educación. Bajo su liderazgo, KeepCoding se ha consolidado como un referente de excelencia, formando a programadores, desarrolladores y profesionales de IA y del sector tecnológico en general.