En el universo de las startups hay un misticismo interesadísimo. Y digo “interesadísimo” porque, cuanto más complejo y nebuloso parece algo, más pueden cobrar quienes se autoproclaman “expertos” en descifrarlo.
Pero una startup no deja de ser lo que siempre ha sido: una empresa que empieza su camino. Y eso es tan antiguo como el propio concepto de empresa. Cuando digo “antiguo”, hablo de ese momento en que las actividades económicas dejaron de ser domésticas o de mera supervivencia… allá por tiempos de los fenicios, ni más ni menos.
Esa división —economía doméstica vs. empresa— sigue vigente hoy. Y en lo que nos ocupa, la búsqueda de financiación marca una frontera clarísima: hay proyectos financiables y proyectos que no lo son. Conviene saberlo desde el principio porque condicionará el devenir del proyecto.
De forma muy general, los proyectos “de andar por casa” rara vez obtienen financiación seria o profesional. Los orientados a crear una empresa, en cambio, sí pueden aspirar a ella. Eso no significa que todas las empresas lo consigan, ni mucho menos. Pero los proyectos domésticos o de supervivencia (como el autoempleo) difícilmente levantarán ese tipo de capital. Es una visión amplia, sí, pero imprescindible.
Y es imprescindible porque otro punto que suele estar muy poco claro es este: además de saber qué quieres hacer, cómo, con qué objetivos, qué recursos necesitas y cuánto dinero hace falta —análisis que muchas startup ni siquiera tienen bien definido—, hay que saber estructurar toda esa información para presentarla con garantías mínimas ante inversores.
Dicho de otro modo: hay que saber qué quieren escuchar quienes tienen el dinero… para que te lo den.
Trabajar el concepto de negocio es básico, pero también lo es trabajar el mensaje, el lenguaje (a veces en varios idiomas) y entender qué parte de la información necesitan oír los inversores para decidir si profundizan en tu proyecto y, eventualmente, arriesgan su dinero contigo.
Y aquí aparece otro filtro decisivo: ese “contigo”. Los proyectos unipersonales suelen resultar poco atractivos. Los inversores buscan equipos comprometidos porque reducen riesgos frente a un único emprendedor.
Con esto ya tenemos una primera lista de condiciones para acceder a inversores:
Proyecto invertible
Proyecto comprensible (nadie te dará dinero si no entiende lo que dices, más allá de que algunos inversores estén especializados en sectores concretos)
Equipo comprometido
A partir de aquí empieza el trabajo duro: investigación y documentación. Todo lo que afirmes debes poder demostrarlo. Si dices que tu competencia tiene un ticket medio de 137,21 €, tendrás que justificar esa cifra, explicar quién la proporciona y de dónde la has obtenido.
También hay que presentar Planes B, y a veces C, D y los que hagan falta. No tan elaborados como el Plan A, pero suficientes para que los inversores vean que, si el plan inicial falla —y ellos dan por hecho que casi siempre falla—, existen alternativas listas para activar.
La estructura societaria y los pactos entre socios (funcionamiento interno, salidas, arrastres, ampliaciones de capital…) deben prepararse con mimo. Evitan problemas futuros, y eso tranquiliza a quien invierte: menos riesgos potenciales.
Otro elemento con cierto atractivo es la implementación de IA en proyectos tecnológicos. La IA se asocia —correcta o incorrectamente— a reducción de costes. Si es tu caso, conviene destacarlo “al día” que está tu proyecto.
Podría seguir, pero acabo de darme cuenta de que esto es una tribuna, no un libro. Solo quiero que te quedes con esto: hay luz al final del túnel, pero la búsqueda de financiación es el último paso. Cuando vas a pedir dinero, piénsalo: debes ser sólido, seguro de lo que dices, capaz de demostrarlo y transmitir confianza. Solo así tendrás una oportunidad real de que alguien ponga su dinero para que tú se lo devuelvas con muchos intereses. ¡Esa es la clave!
Estas generalidades deben aplicarse a cada proyecto de forma individual. Ninguno es igual a otro, pero todos deben pasar por estos hitos, cada uno con sus características y potencial. Y todos deben pensar en esto antes de ponerse a crear nada.
Piensa en un escultor: antes de mancharse las manos con el barro, diseña un boceto, sabe qué quiere construir y con qué herramientas cuenta. Si luego quiere convertir esa escultura de barro en bronce, necesitará un mecenas… pero ya tendrá algo que mostrarle. Eso es exactamente lo que necesitas hacer. ¡A por ello!
Tribuna de Eduardo López - Agós, ex - director regional de multinacionales en España, Portugal y LATAM. Emprendedor y cuenta con una sólida formación en la creación y dirección de equipos.